Hija de Gea y de Poseidón, Caribdis nace sin rumbo, ella quiere ser libre, reír, correr, hacer gracias, perseguir palomas, saltar en charcos, en arena.
Tiene el mundo a sus pies, sabe disfrutar de cada átomo que pulula a su merced, se emociona con la llegada de las estaciones, no siente presión, no tiene por qué caer, hace todo por instinto. Habla en alto, curiosea y juega con sus pies sentada.
Los mueve dando patadas, haciendo círculos, no llega al suelo, fascina con la sensación de tener las piernas suspendidas en el aire.
Hasta que viene lo irremediable, las ganas de tragar mares a sorbos y ser castigada por querer volar más alto de lo que Gea y Poseidón le dejan.
Ahí está la ansiedad, la preocupación de una caída,
la ansiedad le persigue.
Un sábado de primavera revolotea por el mercado, se deja embriagar por los olores que se quedan en la estela del olfato y ve al final de un callejón un espejo, con su reflejo, habló consigo y no consiguió reconocerse.
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