Nuevamente, la fiera cruza la frontera de lo idílico, llenando sus garras de barro y sangre.
Muere aquel que decepciona, mientras tiembla, una parte de su ser, asesinada.
Prejuiciosos deseos de saciar su piel y decantarse por cada ímpetu interno que protege la faz de sus pudorosas madrugadas.
No permitir la tragedia es un desvarío, pues es su salvaguarda, llevada al extremo del llanto infinito.
Deséame suerte, destino, porque las garras ya están pulidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario